LAS MIL CURVAS DE UN CAFÉ (REPORTAJE)

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El recorrido por estos locales “con piernas” depara más de una sorpresa.

(Publicado el 21 de marzo de 2006 en El Diario Austral de Valdivia)

Van a ser las once de la noche y todavía no me decido a iniciar el reporteo. Ya he gastado mis suelas dos veces recorriendo el radio de unas cuatro cuadras que conforma el insinuante triángulo de los café con piernas en el centro valdiviano: Bucanero, Venus y Scorpión Rojo.

Celebro dicha coincidencia geométrica recién descubierta- aunque me digo mentalmente que ‘ojalá no sea como el de las Bermudas’- y sigo caminando, echando una ojeada al exterior de los locales en donde los vidrios negros y el pestañeo de las luces parecen guiños efectivos para enganchar a algún cliente.

Al final, por puro instinto, me decido a comenzar por el último de los café que nombré, ubicado en Avenida Alemania.

Apenas empujo la puerta me encuentro de golpe con cuatro mujeres ligeras de ropa apoyadas sensualmente -casi acurrucadas- en un mesón, que me miran de abajo hacia arriba. Claro que no son mis exiguos 165 centímetros de altura, ni mi rostro cansado, con una que otra espinilla, lo que despierta su interés: el frío de esta noche de jueves parece haber espantado a la clientela y me convierto en el tercer parroquiano del Scorpión Rojo, autoproclamado, quién sabe por qué, como “el templo de la farándula”. Nada más que eso.

Con escasos segundos para reaccionar, sólo atino a sacar mi voz más canchera para saludar a una de las jóvenes, que me ofrece una mejilla para que deposite en ella un tímido beso.


CARA Y SELLO

 Sin darme cuenta, me encuentro apoyado en el mesón conversando con Cynthia, una muchacha de 24 años que lleva tres meses en el negocio. Tomo un sorbo del vaso de Coca- Cola más caro de mi vida -mil pesos- y de reojo le echo un cuidadoso vistazo general, tratando de disimular lo más posible, ya que su cara está a no más de diez centímetros de la mía.

Dando fe a mis ojos, termino por sentirme afortunado: Cynthia es morena, delgada, de aproximadamente un metro 70 de estatura, de perfil agradable, con unos aros colgantes onda artesa y el pelo liso que apenas le llega a los hombros.
 
Además, y como detalle no menor, creo que de entre las 12 señoritas que componen el staff del Scorpión Rojo, ella es una de las pocas que no se tiñe el cabello.

En cuanto a su indumentaria, al igual que el resto, está vestida entera de rojo -aunque “vestida entera” es sólo un decir-, con unos cuadros ceñidos y un corpiño que deja poco a la imaginación.

Cuando mi vaso ya está a menos de la mitad ella se escabulle al baño por unos 10 minutos, tal vez aburrida por todas las preguntas que le hago, aunque más probablemente tratando de enviarme un mensaje subliminal: pide otro trago.

Encuentro extraño que ella no me haya preguntado nada, ni mi nombre, ni qué hago. Yo por mi parte, hasta su salida de escena, he podido conocer bastante de Cynthia.
 
Antes trabajaba de cajera en un supermercado, pero se aburrió “porque me explotaban mucho...acá trabajo mis horas no más y me voy”. Tiene un par de retoños de uno y dos años y vive con su pareja, que no le “pinta el mono” por la pega que tiene. “Todo depende de la confianza que exista”, aclara.

En el rato que me quedo solo me percato de que varias muchachas tienen sus ojos puestos en el televisor instalado en un rincón, donde el canal Play Boy le pone un toque “especial” al ambiente. No puedo evitar sentirme incómodo cuando alguna de ellas me lanza una mirada.
 
Al rato Cynthia regresa, yo le pido otra bebida y retomo el interrogatorio, sin lograr despertar el interés de la joven, que cada vez se va ensimismando más, como hipnotizada por su propio tarareo del reggaetón, que suena fuerte.
 
A mi lado se queda dormido un tipo robusto de parka y mochila. De inmediato un guardia lo zamarrea cortésmente y le recomienda no volver a cerrar los ojos. El aludido obedece y queda prendado también de las imágenes de la tele.

De repente llega un grupo de tres sujetos, que estimo bordean los 27 años y se ubican a mi derecha. Vienen algo “entusiasmados” y de inmediato preguntan si hay privado. “Rico tu perfume, preciosa”, le dice uno de ellos a la chica que lo atiende.

Aburrida, Cynthia me explica cómo funciona el sistema para ir al apartado que se ve a un costado del salón principal. Tengo que invitarle un trago que cueste por lo menos 6 mil pesos para poder ir con ella al lado, donde se ve una barra y sillas dispuestas de a dos. “Allá se puede conversar más tranquilo”, me asegura.
 
Pero como yo no doy luces de reaccionar, cada vez se muestra más interesada en la conversación del grupito contiguo. Después de 40 minutos parece haberse convencido de que no le invitaré un trago -el 50 por ciento de él va sus bolsillos, eso es lo que gana-, por lo que echo un último vistazo a las paredes llenas de espejos, a las luces anticuadas y me marcho.

Un beso más frío aún que el de la entrada, marca nuestra separación. Cynthia se queda cantando “lo que pasó pasó” y podría apostar que terminó sumándose al trío de recién llegados.

Afuera la niebla cerrada no deja ver mucho.
 
Ya más seguro, después de mi primera escala, me dejo caer en el Venus.
 
Claro que nuevamente la noche me depara una sorpresa: sólo dos mujeres, entradas en años, están detrás del mesón y hay apenas un cliente.
 
De inmediato se me acerca Magda, como dice llamarse esta “señorita” que a simple vista representa unos 35 años o más. Es baja y algo gordita, pero me hace entrar en confianza con sus reiteradas preguntas. Por fin me siento considerado.

Son cerca de las 00.30 horas y logro entablar una conversación amena, coloquio condimentado por los sones de acordeón de las rancheras, que suenan monótonas.
 
Me explica que hay poco personal porque la mayoría de los esposos de quienes trabajan en el café son pescadores y están "de bajada".
Magda viste prendas negras bastante ajustadas, que dejan relucir algunos excesos de cintura.
 
Habla encima de mi cara y el hálito de su chicle de menta parece llevarme un rato a la infancia, lo que se refuerza cuando conozco sus sacrificios maternales. Según me cuenta, se queda en el establecimiento hasta la hora de cierre -las 3 de la mañana- y se levanta a las 7 para llevar a su hijo de seis años al colegio.
Después de eso labora hasta las 13 horas en planes de empleo gubernamentales.
 
“Todo lo hago por mi niño”, dice, recordando que vive con sus padres, a quienes tiene convencidos de que cada noche sale a trabajar en un local de comida rápida.

Le pregunto cómo hace su sueldo y me cuenta que el sistema es idéntico al de los otros café: se queda con la mitad del costo de cada trago que compran para ella. “¿Me vas a invitar uno?”, pregunta, a lo que respondo que tal vez más tarde, ya que ‘estoy haciendo hora para darme una vuelta y después vuelvo’. “Todos dicen lo mismo”, me retruca con algo de amargura, descolocándome por algunos minutos.
 
Unos instantes de silencio me llevan a descubrir que hay una escalera que lleva al segundo piso. “Ahí bailamos, pero tienes que comprarme un trago de más de cinco mil pesos”, me explica.
 
Sin audio, el televisor donde Fernando Paulsen y Raúl Sohr discuten temas de extremada importancia roba la atención de mi acompañante.

Al poco rato la puerta se abre y entran dos hombres, uno joven y otro maduro, pidiendo dos whiskys.
 
Magda me deja con la palabra en la boca y mi mano se duerme en mi bolsillo, arrugando el billete azul que había decidido sacar al exterior.

RECUADROS

Al último abordaje nocturno en el Bucanero

Cerca de la una y media dos tercios de mi misión se habían completado.

Sin embargo, la autoevaluación de mi reporteo no me dejaba conforme, ya que a mi juicio no había descubierto ‘nada del otro mundo’.

Por eso, con una pequeña laguna que no viene al caso explicar, abordé mi último objetivo pasadas las 2.30: el Bucanero.

“En diez minutos cerramos”, me advierte la cajera al entrar. Pido una cerveza y me instalo frente a Jennifer, de sólo 20 años. Simpática y conversadora, no para de sonreír y menearse al ritmo de la música.

Me dice que llegó de Santiago hace unos cinco años, que vive con su madrina -a quien le jura que trabaja de garzona en un pub- y que tiene mellizos que en abril cumplen dos años.

Miro alrededor y a pesar de que el ambiente está bastante caliente, por la hora y los tragos consumidos, comienzo a convencerme de que ‘no hay gato encerrado’.

La convicción con la que Jennifer me responde que no hay privado y con la que me niega que exista el mítico “minuto feliz” en los instantes previos al cierre, termina por convencerme.

“Este es un café que marca la diferencia”, señala, parodiando la propaganda radial del local e insinuándome que tal vez en los otros pueda existir lo que yo menciono.

Luego de media hora de animada charla, Jennifer se despide y todas desaparecen.

De a poco vuelven a escena las muchachas, ahora con jeans y sweaters, ante los que nadie imaginaría todo lo que se podía imaginar hasta hace algunos minutos.

"Permiso caballero”, me dice una de ellas, que va virutillando el centro del mesón y de paso me hace darme cuenta de que soy el único cliente que está quedando.

Detalles poco conocidos del negocio

No se podría saber si se debe a que los valdivianos son más tímidos o reservados y les gusta ampararse en la oscuridad o porque no hay personal para trabajar en jornada diurna.
Lo único claro que es de los tres locales, dos atienden exclusivamente de noche, al contrario de lo que ocurre en el resto del país, donde es común una tacita matinal en algún café con piernas.

El Venus y el Scorpión Rojo abren entre las 20 y las 21 horas y funcionan hasta las tres y las cinco de la madrugada, respectivamente. Sólo el Bucanero parte en la tarde, a eso de las 17 horas.

Según lo consignado por las mujeres que trabajan en estos locales, ellas no ganan nada por lo que el cliente consume, sino sólo el 50 po ciento del valor de los tragos que éste les invite a ellas, por lo cual, si pasados algunos minutos el consumidor no da indicios de motivarse a dicha invitación, puede ser dejado solo sin mediar palabra ante la aparición de otro potencial “gastador”.

Con respecto al regreso de las muchachas a sus casas, por lo general desde el local se piden radiotaxis, aunque como indica Cynthia, del Scorpión Rojo, en ese café es el propio dueño quien reparte en vehículo el personal hasta sus domicilios.

Según el relato de Jennifer, en su trabajo abundan los clientes habituales e incluso varios “enamorados”, como un viejito que una vez se trenzó en una pelea con otro supuesto pretendiente de ella, que le había regalado un peluche.
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