PERFIL DE UNA POETISA MAPUCHE *

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Las tres palabras la congelaron. Combinadas se hicieron sentir en los oídos de la joven Faumelisa como si fueran la receta de una infusión amarga o el oscuro conjuro del desprecio.

-¡India boca chueca!- escuchó que le gritaban desde una sala del segundo piso de su liceo, el Fray Camilo Henríquez de Lanco. Alumna de primer año medio, recién había salido de clases y caminaba a tomar el bus que la llevaría hasta el kilómetro 14 del camino a Panguipulli.

La garita de madera levantada en ese sitio era el hito de partida de una caminata de unos 20 minutos hasta su casa en Pukiñe -“Los Primeros”, en castellano- recorrido que en invierno el barro podía convertir en una travesía casi interminable.

Esa tarde, las sílabas lanzadas desde lo alto terminaron por hacer dudar a sus pies y finalmente la detuvieron antes de llegar a la esquina. Sintió ganas de llorar, al tiempo que se agolpaban en su cabeza imágenes de su familia en el campo, de los juegos con sus primos y hermanos y de los gestos cariñosos de su abuelo Francisco Calfuleo, el último cacique de ese territorio, que su estirpe ha habitado desde que el hombre tiene memoria.

 “No soy india, soy mapuche”, se dijo hacia adentro la frágil Faumelisa, sin contestar la afrenta, extrañando por contraste los delicados mimos de su tata Francisco, que trataba como reinas a todas las mujercitas de la casa.

Estática, la morena y delgaducha quinceañera de larga trenza negra, levantó la vista y descubrió que aquella frase rabiosa e hiriente había salido de la boca de una muchacha que la conocía desde hacía varios años, ya que su madre trabajaba con la suya como cocinera en la escuela rural ubicada frente a su vivienda y levantada gracias a la iniciativa de su familia.

Nunca lograría explicarse el motivo preciso de aquel incidente, pero sin conocer aún la palabra discriminación, sintió que en ese momento algo se había roto, mostrándole que su origen la había hecho diferente.

“Ese día me dije que iba a hacer algo para que los no mapuches no trataran mal a mis hermanos. Fui escribiendo, pensando en que quizás podía hacer algo para que esto no les pasara a los otros niños. Fue duro, además de que yo era la primera que iba al colegio y después de mí venía un montón de niños, mis hermanitos...

 LA MUDEZ

Faumelisa vio olas en el campo y no les tuvo miedo. Se acercó a ellas, las acarició con sus manos diminutas y terminó abrazándolas, tumbándose sobre sus crestas, nadando a su manera con su cabello mecido por el viento, mientras el sol de primavera las hacía amarillear con un brillo parecido al del oro.

Invitó a sus primos también, a sus hermanos, en total una docena de muchachos y chicas que finalmente terminaron a su lado, revolcándose en medio de ese mar inventado y tibio, de aroma dulzón y que en cada embestida les robaba carcajadas, no sólo por lo alegres y libres que se sentían, sino que también por las cosquillas que los granos les provocaban en sus pequeños cuerpos.

Pero de pronto una nube de palabras se propagó por el campo y terminó con el jolgorio y las jugarretas. Era la oscuridad de ese lenguaje extraño que sólo le escuchaba pronunciar a la gente mayor cuando se sentaba frente al fogón a hablar de alguna preocupación o cuando, casi secretamente, una de sus abuelas se lo cantaba al oído para dormirla. La voz era la del cacique Francisco, que con un tono severo lo derramaba como una sombra sobre la siembra de trigo nuevo.

El reto, eso sí, no iba dirigido a ellos, que sin conocer el significado de esos vocablos salieron de todas maneras corriendo a esconderse entre las quilas y las colas de zorro, en los graneros o en alguno de los galpones donde se juntaban las manzanas para la chicha. El anciano retaba en mapudungún a sus hijos e hijas, por no fijarse en lo que estaban haciendo sus críos.

Para Faumelisa, o Febita, como la llamaban de cariño en su casa aplicando un diminutivo a su bíblico segundo nombre, esa fue una lección importante. Y a pesar de sus inocentes cinco años, nunca más se olvidó de que al final son los padres los responsables de advertir a los niños sobre lo bueno y lo malo, porque éstos por sí solos no siempre saben distinguir entre lo uno y lo otro.

Esa fue una de las primeras enseñanzas que recibió de él, a sus ojos un viejo sabio y cariñoso que acostumbraba tomar en brazos a los más chicos para contarles historias, pero que sin embargo apenas les entregó un par de palabras en lengua mapuche a sus hijos y por ningún motivo quiso que la siguiente generación conociera el idioma de sus antepasados.

Así, sus descendientes fueron creciendo silenciados de origen, oyendo apenas el mapudungún a hurtadillas, casi entrecortado, cuando el anciano lo hablaba con los más antiguos o cuando estaba muy enojado.

“Yo tenía claro que era algo como prohibido, pero en el sentido de que se nos estaba protegiendo, porque no querían que sus chicos fueran discriminados hablando dos idiomas, pero mal hablados. Lamentablemente él y mis padres pensaron eso. Y por ese motivo siempre he sentido que soy muda de mi lengua de origen y que de alguna forma tengo que sacar esa mudez hacia fuera, esculpiendo la piedra, picando la madera, buscando quizás un silencio que habla”.

CUADERNOS, CAMBIOS

Faumelisa estira sus manos atraída por el colorado de las manzanas que ya van madurando en uno de los cientos de árboles que crecen en las tierras de los Calfuleo, hectáreas y más hectáreas de terreno en donde hijos, nietos y primos viven como vecinos.

Nacida un mes después del gran terremoto de mayo de 1960, Faumelisa Febe Manquepillán Calfuleo es apenas una guagua de dos años, elevada con seguridad hacia las ramas del manzano por los fornidos brazos de su tío Juan, en una escena que será la primera que guarde íntegra en su memoria.

Tan temprana conciencia de sí misma la hará dudar y preguntarse casi 50 años más tarde si lo que entiende por recuerdos infantiles no son más que capítulos felices de un libro de cuentos que alguna niña imaginó en las horas huérfanas del campo. Capítulos en donde, por cierto, el escenario principal es la casa del abuelo, centro de reunión de sus diez hijos desparramados por los cerros cercanos y de sus más de 40 nietos.

Con fogón y piso de tierra, era una gran casona flanqueada por bodegas y graneros en donde los niños solían arrancar del calor del verano metiéndose en las tinajas repletas de trigo.

Dentro de la vivienda, las esposas del cacique Francisco Calfuleo compartían las labores domésticas y a los ojos de Faumelisa se veían casi como dos hermanas, sobre todo cuando discutían.

Su ñaña (abuela) se llamaba Fernanda Puchi, descendiente italiana sin sangre mapuche, al contrario de la otra mujer de su abuelo, Lorenza, quien a pesar de no tener lazos sanguíneos ejerció una importante influencia sobre ella, a quien tomaba en brazos para cantarle en mapudungún, la lengua prohibida.

Fernanda Puchi, por su parte, la atendió en el parto y le escogió el nombre Faumelisa en recuerdo de una amiga ya entrada en años que vivía en Lanco, y Febe, por una mujer muy bondadosa que encontró en las páginas de la Biblia.

Sus primeros años los vivió en medio de un ambiente de tranquilidad y holgura, rodeada casi completamente por sus parientes.

El único contacto externo era el que tenía con los hijos de algunos huincas que llegaban por temporadas a trabajar al campo de su abuelo y con otros mapuches sin tierra que se construyeron una casa cerca de la suya y también labraban los terrenos del cacique.

Despierta, aunque no muy extrovertida, la niña fue de a poco interesándose por eventos a simple vista corrientes, pero que ella percibía como casi mágicos.

Así, al igual como una vez los trigales le parecieron el océano, la lluvia, la luna o las estaciones del año comenzaron a ser redibujadas en su cabeza de formas muy especiales.

En sus oídos, al mismo tiempo, se iban grabando frases y entonaciones que la gente mayor ocupaba al romancear, práctica que se acostumbró a seguir con mucha atención. Eso, hasta cuando su padre llegó de Lanco con un diminuto receptor marca Sandelar, que la convirtió en fanática de los radioteatros de la Radio Portales, entre ellos uno de futbolistas llamado “La Pichanga”, que la hacía reír a carcajadas.

“Eran divertidísimos y los escuchábamos con toda la familia, era como leer escuchando las voces”, recuerda Faumelisa, cuya imaginación ya de por sí activa, comenzó a recibir otro tipo de estímulos que finalmente terminarían plasmándose en versos durante sus años escolares.

Éstos comenzaron en una precaria y desvencijada escuela particular que funcionaba en un fundo cercano, en el sector de Lumaco. Sin embargo, el mal estado en que se encontraban sus dependencias empujó a su padre, Laureano Manquepillán, a gestionar con la Municipalidad de Lanco la construcción de un nuevo establecimiento, el cual finalmente fue instalado frente a su casa, en unos terrenos donados por su progenitor.

Ahí Faumelisa cursó el segundo año básico, luego de un debut no muy promisorio en la anterior escuela subvencionada, en donde le costó bastante aprender las primeras letras. Y es que los castigos que la profesora propinaba a las niñas un poco mayores que ella y que aún no sabían leer, terminaron intimidándola y le provocaron un temor a asistir al colegio.

La nueva escuelita vino a remediar en parte eso, aunque la muchacha nunca llegó a ser una alumna brillante.

A los ocho o nueve años aprendió finalmente a escribir y casi paralelamente garabateó sus primeros poemas, inspirada por unos dípticos de Gabriela Mistral que su profesora, Eliana Montero, les llevó a la clase.

De a poco se volvió literariamente tan prolífica que hasta les escribía versos a sus compañeras, cuando les daban de tarea escribir alguna poesía. Su maestra se daba cuenta de esto, pero no decía nada. Sólo le colocaba un siete a ella y al resto una calificación inferior, pero no insuficiente. “Ella veía mis cosas y le gustaban, pero eso era todo, nunca me dijo o me instó a que fuera poeta”.

Pese a su avidez por las letras, el estudio nunca logró entusiasmarla demasiado. Distraerse jugando, en cambio, estuvo siempre entre sus prioridades. Una opción era saltar la cuerda, para lo cual recogía juncos gruesos y largos para fabricar el lazo.

Si no, estaba la payaya, juego tradicional mapuche que consiste en echarse un montón de piedras en las manos y lanzarlas, tratando de agarrar el mayor número de ellas para ganar.

En su casa, el pasatiempo preferido era jugar con sus amigas a la visita, entretención en la que afloraba nuevamente la veta creativa de Faumelisa, que iba inventando situaciones e incluso cambiaba su nombre y el de lo demás participantes.

Hilando la ropa para ella y sus hermanos -que sumaron nueve-, su mamá Doraliza la observaba moviendo sin descanso los pies frente a la rueca. Ésta había sido fabricada por su esposo, el artesano y carpintero Laureano Manquepillán, quien por esos años las vendía como pan caliente en Pukiñe y otras localidades cercanas desde donde también le encargaban yugos, cucharones y canastos de pil pil boque.

A la larga, a quien la máquina de hilar no le trajo buena suerte fue a su propia esposa, que debido al constante movimiento de los pedales comenzó a sentir dolores en sus extremidades que la obligaron a abandonar definitivamente ese tipo de labores.

Sólo continuó cosiendo calzones, enaguas y refajos de moletón -un género como la franela-, ropa interior que Faumelisa vestía para ir al colegio.

En esos tiempos aún no debía usar uniforme escolar y prefería caminar descalza, sin miedo ni respeto por la recurrente lluvia que anegaba el campo en invierno. A pesar de las inundaciones, ella salía a recorrerlo junto a sus hermanos más chicos, con quienes se regocijaba recogiendo los agónicos y resbaladizos peces que quedaban revolcándose sobre el barro de la pampa.

Obviamente los sabañones en los pies no tardaban mucho en aparecer, siendo el único remedio para combatirlos el abrigarse y estar un buen rato en un asiento frente al brasero.

Esos minutos de quietud echaban a andar la mente de Faumelisa, que llenaba cuaderno tras cuaderno con versos sencillos y comúnmente plagados de faltas de ortografía, muchos de los cuales con el pasar de los años terminaron en la basura o más cruelmente entre las mismas llamas del brasero.

En paralelo, su vida también iba rápidamente quemándose en etapas, empujándola a cambios radicales, como el que vivió a los 13 años, cuando por primera vez franqueó los límites de Pukiñe para viajar diariamente a Lanco y cursar el séptimo año básico.

En el pueblo se sintió extraña y fuera de lugar, sobre todo en el curso al que la asignaron, donde le pareció que se había reunido todo el “jet set lanquino”, siendo ella la única mapuche.

“Les costaba decir mi apellido, les costaba mi nombre un poco, y como yo era del campo mi forma de ser era diferente y hablaba un poco más lento. De todas formas me empecé a hacer amiga de algunos. Pero lo que más recuerdo de ese cambio fue cuando una vez una niña me gritó 'india boca chueca' desde el segundo piso del liceo. Eso creo que no lo voy a olvidar nunca...

Como un ciego, Laureano Manquepillán camina a tientas entre los ulmos y tineos de una montaña virgen. Busca instintivamente a su pequeña hija Faumelisa, la segunda mujercita que dio a luz su esposa, pero la única que les queda con vida.

La primogénita, que su suegra bautizó como Rubí Estela, se perdió en el mismo monte y murió cuando apenas tenía nueves meses. Faumelisa llegó dos años después y ahora también estaba desaparecida.

Sin dejar que el cansancio hiciera mella de sus pasos, aunque desesperado y sudando, Laureano llegó hasta la orilla de una laguna cuya belleza sobrenatural lo obligó a detenerse.

Impresionado, se quedó observando largamente - casi como hipnotizado por el verdor húmedo que dormía bajo sus pies- la mágica textura esponjosa del pasto que contorneaba el agua. De pronto, el trinar de unos pájaros minúsculos le hizo levantar la vista hasta el centro de la laguna, en donde encontró a Faumelisa apoyada sobre un tronco y engalanada con un largo vestido azul lleno de flores.

“Si miraba hacia los alrededores se veía igual que como cuando cae una helada, había brillos en las hojas de los árboles y todo estaba quieto, ni siquiera había viento. Mi hija estaba encantada, parecía diferente a una forma humana, era casi como divina”.

El sueño aquel dejó muy preocupado a Laureano, quien recordaba haber protagonizado una trama similar junto a Rubí pocas semanas antes de que falleciera de bronconeumonía.

La única diferencia fue que esa noche despertó sin haberla podido hallar, contraste que no logró impedir que su preocupación mudara en pánico cuando Faumelisa cayó gravemente enferma un par de días después.

Invadida por una dolencia de origen desconocido, la niña quedó con la boca torcida debido a una parálisis facial.

Con puras agüitas y emplastos de hierbas su abuela logró sanarla, aunque sin evitar que quedara con secuelas visibles en sus labios.

Superado este susto, su padre se convenció de que el sueño había sido premonitorio de buenas noticias que, 40 años más tarde, cree haber conseguido descifrar.

“Yo pienso que a lo mejor eso era lo que yo soñaba, que al final ella iba ser una mujer de mucha importancia en la familia, que se iba a destacar e iba a estar mucho más allá de nosotros, como una artesana reconocida en la piedra, la madera y la ñocha y que además de eso escribió un libro”.

ESCAPE

Con su rostro moreno entristecido por una sombra de palidez, Faumelisa se pasea de un lado a otro con un bebé en los brazos. Le canta, le habla, le repite una y cien veces su nombre: Laura.

Pero el llanto de la recién nacida no se duerme, su tos no se calma, su fiebre no se apaga. La joven está sola y no sabe qué hacer.

Si abraza con más fuerza a su hija siente un ardor en el pecho que la aterra. Si calla, esperando que el silencio traiga la calma, la sibilante respiración de la niña se agudiza, obligándola a retomar los cantos para no desbordar de angustia.

A los 18 años, Faumelisa finalmente ve morir en sus brazos a la pequeña Laura.

“Aún me duele mucho, porque a lo mejor si hubiera tenido un poquito de supervisión mi guagua sería hoy una señorita. Pero como yo era una cabra chica no me di cuenta, no sabía qué hacer. Es algo que no se lo doy a nadie: casarse a la fuerza y estar aparte de todas las personas grandes en una casa sola”.

Producto de la bronconeumonía, Laura alcanzó a cumplir sólo un mes y medio acompañando la vida de casada de su madre, que nunca tuvo un pololo mapuche ni jamás escribió una carta de amor. “No fue por algo que me hubiera propuesto, sino que simplemente no se dio no más”.

Tras un par de amoríos adolescentes, conoció en Lanco al hombre con quien debió contraer matrimonio tras quedar embarazada.

 Su padre pidió la hora en el Registro Civil, completó los trámites e incluso organizó la fiesta. No quería una madre soltera en su casa, por lo cual no importaron las pataletas de Faumelisa, que se casó convencida de que su relación no iba a funcionar.

Y así fue. La muerte de la primogénita terminó por decidir su alejamiento de Pedro, con quien no había logrado consolidar una buena convivencia, sufriendo incluso maltratos.

“Yo me escapo toda herida / de centenares de lluvias / he recogido mis banderas, / del barro en donde las dejaste. / He enterrado mis ciudades, / he escondido la escultura de mi cuerpo / para que no la destruyas. / He dormido con los ojos abiertos / y mis alas prontas /a emprender la fuga / he gemido de dolor bajo tu cuerpo / mi yo se ha ido sin mí / desde tu alero. / Yo me escapo de la sombra de tu puño / quiero huir de tu espacio de quebrantos / para liberarme de tus proyectiles de espermios / que me siguen, que me acosan / que me punzan, que me muerden / que me succionan, que me besan / que me lamen, que me abrazan / para lograr habitarme, / y apoderarse de mi mente y de mi cuerpo / para siempre”. (“El Escape”, publicado en “Hilando la memoria / 7 mujeres mapuche”).

CARIÑO AJENO

Déjà vu. Faumelisa se pasea de un lado a otro con un bebé en los brazos. Le canta, le habla, le repite una y cien veces su nombre…

Sin embargo, al contrario que Laura, el niño al que ahora toma la temperatura, da remedios puntualmente y cambia pañales no tiene la piel morena y ni siquiera el cabello negro.

Apenas con el segundo medio bajo el brazo y sintiéndose como una liebre que se pierde en la ciudad, Faumelisa llegó a Santiago en busca de un trabajo.

La recibieron unos parientes en San Bernardo, quienes rápidamente le consiguieron un empleo como asesora del hogar de una familia de profesionales de clase media alta.

Durante los primeros meses la experiencia fue positiva, pero a medida que pasaban los días la vida en la capital comenzó a dolerle. “Me parecía que mis ojos chocaban en el cemento y que mi espíritu también lo hacía”.

En esos pensamientos estaba cuando, tras casi un año de separación, su esposo llegó a buscarla, arrepentido y asegurando que había cambiado.

No tardaron en reiniciar la relación y se fueron a vivir juntos arrendando dos piezas inmensas en una antigua casona del paradero 18 de Gran Avenida, donde actualmente funciona una especie de mercado persa.

Con prostitutas y travestis como vecinos, en ese lugar comenzó a crecer Cristian, el hijo mayor de Faumelisa, que actualmente tiene 25 años y por cuyo cuidado Febe debió renunciar al trabajo. Para la madre, el conocer y compartir con otra clase de gente le permitió comprobar que muchas personas, aparte de los mapuches, eran marginadas y estigmatizadas.

“A mí ellos no me discriminaban, me querían muchísimo. Ahí también fui como dándome cuenta de la otra parte de la sociedad, con mi hijo al hombro y mi marido curado, muy alcohólico y con malos tratos”.

Luego de dos años de vida en pareja, la promesa de cambio de Pedro no se cumplió y su esposa se separó definitivamente de él, regresando con su hijo al sur, a Pukiñe.

Faumelisa se hizo cargo del kiosco de golosinas que tenía su papá, pero al cabo de unos tres años, debido a la estrechez económica que estaba viviendo, optó por volver a trabajar como nana en Santiago.

Regresó a la capital decidida a entender un poco más a la gente y a buscar alguna forma de ir aprendiendo. Se empleó como asesora puertas adentro para el cuidado de niños en una casa en Las Condes, donde aprovechaba cada minuto libre para leer alguno de los volúmenes de la biblioteca de sus patrones, a veces en el baño o escondiéndolos bajo su almohada, para hojearlos por la noche.

Con este furtivo placer Faumelisa compensaba el dolor que le provocaba el haber tenido que separarse de su hijo -que quedó en el campo al cuidado de la abuela Doraliza- y en su lugar tener que entregar cuidado y afecto a niños ajenos. “Además que las labores domésticas nunca me gustaron y era como estar presa en una casa donde tienes que levantarte y acostarte a cierta hora para hacer trabajos que nunca me gustaron. Era un suplicio”.

Después de unos siete años como empleada, Febe emprendió el regreso definitivo a su tierra con el objetivo principal de estar al lado de su hijo y trabajar en el campo.

 

UNAS VERSEADAS

“¡Ay no me quiten la tarde, / ni mediodía ni noche, / si en madrugada despierto recordando algún dolor, / querré yo seguir soñando, / porque soñar es mejor”. Apagado el último verso de “Sueños de Mujer”, campesinos, mapuches y autoridades que repletaban la sede social de Lumaco se quedaron mudos por unos segundos, como tomando aire tras el paso de una tormenta.

Una tanda de aplausos interminables rompió de golpe ese silencio, mientras Faumelisa, aún algo temblorosa, doblaba entre sus manos las hojas de cuaderno donde había escrito los poemas que leyó esa tarde.

Diez días antes, casualmente, la incipiente poetisa se había encontrado con Sergio Compayante, organizador de la Muestra Cultural Mapuche, quien la invitó a mostrar algunos objetos originarios.

Justo Faumelisa le había hecho unas muñecas con ropa tradicional mapuche a Fernanda, su segunda hija, así que se comprometió a participar con ellas en la exposición.

“Voy a llevarte unas muñecas y a echarte unas verseadas”, le anunció, dando así, a los 38 años, el primer paso para empezar a compartir su poesía.

“A veces escribo riendo mucho o llorando mucho, a veces me cuesta mostrar lo que he escrito, porque primero tengo que trabajarlo mucho yo, porque tengo que trabajarlo dentro de mí primero, es demasiado fuerte lo que me nace y me costó empezar a compartir mi poesía. Algunos versos se fueron perdiendo, porque a veces llenaba cuadernos y los dejaba tirados por ahí, no todos los rescaté”.

Ese día en la muestra cultural no sólo le pidieron que hiciera más muñecas -vendió las ocho que había terminado-, sino que siguiera escribiendo.

Tras ese tímido y poco preparado debut artístico, las invitaciones para exponer sus artesanías -canastos y trabajos en piedra y madera que incluso se han ido a Europa- y recitar se fueron haciendo habituales.

Y pasado casi un año, el 2000, un ataque de risa y llanto la obligó a dejar el pan a medias en el horno, luego de darle una vuelta en su cabeza al anuncio que había recibido dos días antes: se había ganado un proyecto de Orígenes por un millón de pesos para editar su primer libro.

“Eso era como cumplir un sueño, el sueño de cualquier mujer mapuche que escribe, una cuestión maravillosa (...)Yo, mujer campesina mapuche, sacando un libro... me puse a llorar con las manos en la masa”.

Tras la publicación de “Sueños de mujer”, Faumelisa ha sido incluida en diversas antologías, tanto en Chile como España. Su arte la ha llevado incluso hasta Estados Unidos, pero tanto viaje no ha conseguido que quiera alejarse de su Pukiñe natal, donde vive junto a sus hijos, a menos de 100 metros de la casa de sus padres.

*Perfil publicado en el libro "Gente de Los Ríos", que se puede leer y descargar gratis desde http://www.gentedelosrios.cl/

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